Dengue en Cuba
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Sacar al santo en procesión
MIGUEL SALES | Málaga | 17 Abr 2016 – 8:22 am.

El jueves 7 de abril Fidel Castro hizo su aparición (nunca mejor dicho)
en una escuela habanera, donde balbuceó algunas incoherencias ante un
público de párvulos y mamás acicalados en la mejor tradición potemkiana,
y numerosos agentes de la Seguridad del Estado. El suceso ocurrió pocos
días antes del comienzo del VII Congreso del Partido Comunista y dos
semanas después de que el presidente estadounidense, Barack Obama,
visitara la Isla y pronunciara algunas frases incómodas para los
jerarcas cubanos.

A los admiradores y panegiristas de Castro les ha gustado desde siempre
proyectar su imagen como un David caribeño, pobre y digno, en lucha
contra el Goliat septentrional opulento y soberbio. El arquetipo bíblico
complacía a los bien pensantes y los compañeros de viaje del exterior,
que aplaudían los “logros de la revolución” sin mencionar cómo se
financiaban, tendían un tupido velo sobre la militarización de la
sociedad, la falta de libertades y la violación permanente de los
derechos humanos, o lo justificaban todo por el estado de sitio en que
vivía la Isla, a causa de la hostilidad de Estados Unidos. Pero, sobre
todo, vibraban de gozo al saber que el Comandante era una espina de
marabú clavada en el (patio) trasero de Washington.

Con el paso inexorable del tiempo y los avatares de la historia, esa
imagen del David juvenil y rebelde se fue deteriorando hasta dar paso a
la de un Quijote envejecido y excéntrico, que peroraba en televisión
durante horas sobre las campañas contra el dengue y las virtudes de los
electrodomésticos chinos. Ahora los últimos fieles quieren transmutarla
en la de un Cid Campeador capaz, según reza la leyenda, de ganar
batallas después de muerto. “El Cid Ruy Díaz soy, […] y vencí al rey
Bucar con treinta y seis reyes paganos./ De estos treinta y seis reyes,
veintidós murieron en el campo;/ los vencí en Valencia después de
muerto, encima de mi caballo”, dice el epitafio apócrifo del guerrero,
escrito a principios del siglo XV.

La exhumación metafórica del que allí denominan ahora “jefe de la
revolución”, apunta a que existe en Cuba un grupo de jerarcas que no
están muy satisfechos con el tímido reformismo puesto en práctica hasta
el momento por Raúl Castro. Y para conjurar el peligro que representan
esas “desviaciones” y tratar de volver a las esencias del
castrismo-leninismo, nada les parece mejor que agitar el espectro del
decrépito dictador y permitir que hable un poco de la excelencia del
sistema escolar cubano, los logros de la “potencia médica mundial” o las
virtudes mágicas de la moringa. Ya lo anunció solemnemente Nicolás
Maduro después de visitarlo a principios de marzo: Fidel es el “hombre
más informado del planeta” y “reflexiona sobre la producción mundial de
alimentos”, sector donde los éxitos alcanzados por el susodicho en los
últimos 57 años son ampliamente conocidos.

Tras la visita de Obama el dictador publicó un artículo en el que
rechazaba la amistad ofrecida por el presidente estadounidense y
exhortaba a los cubanos a blandir nuevamente el hacha de la guerra
contra Washington. “No necesitamos que el imperio nos regale nada”,
escribió. Algunos de sus turiferarios han pedido ya que sus ideas se
difundan y estudien de nuevo en las escuelas de la Isla.

El pataleo encaminado a prolongar la confrontación con Estados Unidos no
parece una estrategia de largo recorrido. Los nostálgicos del pugilato
han podido comprobar estos días que la pipa de la paz de Obama y el rock
de los Rolling Stones movilizan e ilusionan hoy a los cubanos
infinitamente más que las gastadas consignas del PCC y los lugares
comunes que repite el viejo dictador. Bienvenidos a la era de la
política-espectáculo, versión Buena Vista Social Club.

Durante la insurrección de las Trece Colonias que terminó con la
creación de los Estados Unidos de América, Thomas Payne advertía ya
contra la tentación del ejercicio póstumo del poder político: “La más
ridícula e insolente de las tiranías —escribió— es la pretensión de
gobernar desde la tumba”.

El anciano que los talibanes sacan del bunker de Jaimanitas a pasear en
silla de ruedas no es el nuevo cadáver del Cid Campeador que ganará
batallas aunque esté fiambre. Es más bien la estatua del santo de la
parroquia, que en tiempos de sequía llevan en procesión por los pueblos
de España para invocar la lluvia. Una reliquia charlatana a la que ya
nadie presta atención porque el mundo —su mundo— se le murió hace
tiempo, sin que ni él mismo se diera cuenta.

Source: Sacar al santo en procesión | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1460877721_21737.html

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