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Historias no contadas del servicio militar
Para el gobierno cubano, el servicio militar sigue siendo otra
herramienta para forjar “revolucionarios”
miércoles, abril 6, 2016 | Luis Cino Álvarez

LA HABANA, Cuba.- En los spots televisivos que convocan a los muchachos
que arriban a los 16 años a inscribirse en los registros municipales
para el próximo llamado del Servicio Militar General, el reclamo es
perentorio: “Al llamado de la patria, ¡presente!”

A menudo, reclutas de verde olivo entrevistados por el NTV (Noticiero de
Televisión), sonrientes, refieren las bondades de la vida militar y los
beneficios que le han aportado a su formación “servir a la revolución”
como tanquistas, choferes, artilleros o en la infantería.

También aparecen en la pantalla padres orgullosos que dicen sentirse
satisfechos del cambio en la conducta de sus hijos luego de su paso por
el servicio militar. Pero tales padres son como los sobrecumplimientos
en la cosecha de papas: solo existen en el NTV. Los de la vida real no
pueden alegrarse de que los separen de sus hijos, sabiendo lo que les
aguarda en las unidades militares.

Para ciertos padres, el servicio militar significa dejar al estado la
tarea que ellos no pudieron realizar: domar a adolescentes descarriados.
El régimen ha creado el mito de que el servicio militar forja la
personalidad de los jóvenes. Como si el hambre, las humillaciones, el
encierro y el trabajo forzado, educaran. Los mandamases siempre han
apostado por esos métodos, lo mismo para “reeducar” menores díscolos,
que delincuentes o disidentes.

Luego del primer llamado del Servicio Militar Obligatorio, en 1964, el
saldo de estos 52 años es aterrador: muertos en accidentes, suicidios,
heridos, mutilados, estudios tronchados, secuelas síquicas, a veces
irreversibles.

Cualquier cubano que haya pasado el servicio militar sabe de los
rigores inhumanos de los primeros 30 días (“la previa”), de los
insultos de los sargentos, las marchas y las carreras bajo el sol
inclemente del mediodía, el rancho insuficiente y malo, las trincheras
cavadas en la roca o el fango y luego vueltas a rellenar, las alarmas de
combate en plena madrugada, los pases suspendidos arbitrariamente, los
calabozos de castigo…

Cuentan que Raúl Castro, cuando era ministro de las FAR (Fuerzas Armadas
Revolucionarias), dijo que “el recluta que no se fuga no es un buen
soldado”. Pero no por ello dejaron de ser severamente castigados los
reclutas que se fugaban. Muchos jóvenes fueron a parar a la Cabaña,
Valle Grande, El Pitirre o la sala de penados del Hospital Siquiátrico
de Mazorra. Fornidos boinas rojas los cazaron como animales salvajes en
carreteras, terminales de ómnibus, en sus hogares o en casa de sus novias.

Jesús Moreira, de 65 años, a inicios de los 70, pasó más de dos años,
encerrado con criminales, en las mazmorras del Castillo del Príncipe. Lo
acusaron de deserción. Cuenta que se fugó de la unidad porque extrañaba
a su madre, ansiaba comer algo bien cocinado, vestir ropa limpia y
dormir en su cama, lejos de las chinches y los mosquitos. Pensaba
regresar a la unidad al día siguiente, antes de la diana. Pero guardias
de Búsqueda y Captura, con armas largas, lo fueron a buscar a su casa.
Salió en libertad en virtud de una resolución del ministro de las FAR.
Desde entonces padece serios problemas nerviosos.

Cualquier hombre de mi generación conoce los recursos a que recurrían
los reclutas para eludir el encierro en las unidades o el trabajo
forzado: los machetazos autoinfligidos en el tobillo o la rodilla, el
desodorante untado en los ojos para simular conjuntivitis, de los que
dormían con el brazo envuelto en una toalla mojada para fracturárselo al
amanecer contra la barra de hierro de la litera, de los disparos en los
pies o las manos para pasar una temporada ingresado en el Hospital
Finlay o el Naval.

Tuve un amigo, Enrique Díaz, que fue más lejos aún. No se adaptaba a
estar encerrado en un campamento. Lo militar no iba con él. No había
modo. Quería estar con su novia, salir los sábados a buscar fiestas por
Santos Suárez o La Víbora, jugar con Sultán, su enorme perro pastor. Se
cansó de “filmar de loco” para que le dieran la baja del ejército. A la
diana, lo encontraron muerto, atiborrado de pastillas. Fue en 1975. No
había cumplido los 19. No llegó a saber que a su novia le faltaban seis
meses para tener un hijo suyo.

Eddy, otro amigo, prefirió ir a la guerra de Angola antes que seguir en
la rutina de la unidad militar. Murió cerca de Cunene, despedazado por
una mina. Tenía 20 años. Cuando fueron a avisarle a la madre, ya ella
sabía que estaba muerto: varias noches antes le pareció verlo atravesar
el patio. Todavía se me eriza la piel al recordar su explicación de que
supo que estaba muerto porque sus pies no tocaban el piso y sus ojos
tenían la mirada extraviada de los difuntos…

Pero esas historias del servicio militar que no cuentan en el NTV no
quitan el sueño a los mandamases. Para ellos, el servicio militar sigue
siendo otra herramienta para forjar revolucionarios. Y la revolución,
siempre lo han dicho, no necesita blandengues ni pusilánimes.

luicino2012@gmail.com

Source: Historias no contadas del servicio militar | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/historias-del-servicio-militar/

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